lunes, 19 de noviembre de 2007

Capoeira

No hay gota de adrenalina en el mundo que sobrelleve en espesor la sustancia que fluye por mi cuerpo al sentir el sonido de aquel instrumento monocorde y sus percusioncitas compañeros. Veo pasar las tensiones de mi vida y sentarse a un lado a observar cómo el mundo desaparece y no es aceptado dentro del círculo de gente que me rodea. Siento la armonía de más de 200 años en historia y sufrimiento servil, la palpo mientras raspa mi garganta mediante versos en portugués, casi la lloro.

No es necesario partir del suelo en separación para comprender la extensión del arte y la pasión del artista. Muchas veces me pregunté si realmente era alcanzable tal sentimiento sin desafiar a Newton y sus colegas, medito aún a veces.

Pero con las rudimentarias notas musicales en las manos y el brillo del ambiente en mi mente siento que se acaba mi pericia y que la muerte podría robarme el último suspiro ahí sin ser traicionera. Cuando percibo la admiración de mis ojos y el calor del suelo rasgando las plantas de mis pies, me doy cuenta que sin dejar la tierra obligatoriamente, desde que suena un berimbao vuelo.

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